Una vez más, sobre la tortura
      es un artículo de la periodista Teresa Toda publicado en GARA el 25 de septiembre de 1999.


      Una vez más, sobre la tortura

      Teresa Toda * Periodista

      Hace ahora seis años murió Gurutze Iantzi mientras estaba detenida en dependencias de la Guardia Civil en Madrid. Como tantas otras veces, las diligencias dejaron el esclarecimiento de los hechos en el más revelador de los limbos, sin que se pudiera probar judicialmente la extendidísima sospecha de que su muerte tuvo que ver con el trato padecido en aquellas terribles horas. Ya dice el dicho que "lo que no está en el sumario, no existe"... pero hay demasiados testimonios de otras personas detenidas entonces, no sólo sobre Gurutze Iantzi, sino sobre lo que ellas mismas padecieron en Tres Cantos, como para tranquilizar la conciencia con la "versión oficial".

      Gurutze Iantzi y Xabier Kalparsoro Anuk, son, hoy por hoy ­y esperemos que para siempre­, los últimos detenidos vascos muertos en ese tipo de circunstancias. Pero no fueron, desgraciadamente, las últimas víctimas de la tortura. Decenas de testimonios directos y alguna condena en los tribunales avalan que, desde 1993 hasta 1999 se siguen practicando la tortura y los malos tratos en dependencias policiales españolas. Así se refleja también en la moción conjunta de PNV-EA y EH aprobada en el pleno del Ayuntamiento de Urnieta, en el aniversario de la muerte de su vecina Iantzi.

      La tortura sigue siendo una realidad sin erradicar, una realidad contra la que parece que da miedo entrar a saco, quizás porque quienes la practican son los pilares policiales del orden establecido, y cuentan con el fuerte paraguas del propio Estado traducido en Gobierno. Tan claro es ese amparo que no hay reparos en indultar y reintegrar a sus puestos a torturadores condenados en firme e incluso permitirles ascensos y hasta alguna que otra medalla, sin que se levanten (salvo en Euskal Herria) demasiadas voces críticas.

      No es de extrañar, pues, que el viceministro israelí de Defensa, Efraim Sné, declarase tras la abolición oficial de la tortura en su Estado que se da por satisfecho con que le dejen utilizar "los estándares que aplica España para combatir a ETA" contra los militantes de Hamas y otras organizaciones armadas. Lo dijo con total naturalidad, y las únicas reacciones que hubo por el Estado español fueron para decir que el ministro está despistado, porque "aquí" esas cosas no pasan. Pero el Mossad es mucho Mossad (se dijo incluso que estuvo "asesorando" a los GAL) y seguro que conoce muy bien cómo "interrogan" la Guardia Civil o la Policía Nacional, pese al vergonzante manto de hipocresía, cuando no cinismo, con que se cubre.

      Desgraciadamente, ni en Israel ni en el Estado español va a desaparecer la tortura, aunque oficialmente no exista. De creer a Sné, "ningún país en circunstancias similares" impone "limitaciones a sus agentes". Dura afirmación en este mundo plagado de injusticias donde la reivindicación y la rebeldía siguen costando muy caras, donde nunca serán iguales las víctimas de los conflictos, aunque unas siempre serán menos iguales aún: las de la violencia oculta de los calabozos, cuyo padecimiento ni siquiera llega a existir más allá de su propio cuerpo y mente. Bueno, sí hay alguien más que lo conoce: quienes han torturado y consentido la tortura. Pero ésos no van a denunciarse entre sí...

      Y si por casualidad hay un agujero en la malla que cubre sus malas artes y se les llega a procesar no están nerviosos: nunca cumplirán en prisión ni una pequeña fracción de las penas que se imponen a muchas de sus víctimas en base a las declaraciones arrancadas bajo el terror de la tortura física y psicológica. Cuentan también con jueces que no ven nada en sus acomodados despachos de la Audiencia Nacional, y fisca- lías dispuestas a denunciar a familiares de víctimas de la tortura que han dado testimonio público de lo sufrido por sus allegados, como es el caso de las familias de Kristina Gete y Maite Pedrosa. Ya es paradójico tener que verse ante el juez ¡por denunciar un delito!, delito que además, en el caso de las mujeres, reviste los agravantes de incluir en muchas ocasiones vejaciones y agresiones sexuales.

      Entre la versión oficial y la de las familias de Gete y Pedrosa, yo me quedo sin duda con la segunda. En Euskal Herria, cientos de personas tienen testimonios directos de quienes han pasado por esos tormentos, de las imborrables huellas psicológicas que dejan, de cómo puede cambiar una persona en cinco días, te- niendo que iniciar después un duro y complicado camino de reconstrucción personal, a veces en la soledad de una celda carcelaria. Todo eso es absolutamente cierto, y es necesario tenerlo presente hoy. En el proceso abierto en Euskal Herria, bueno sería que se avanzase en lograr que el reconocimiento de la existencia de la tortura y de los derechos de sus víctimas no se demorase años y años, que no se postergue la investigación y castigo de los responsables hasta cuando ya hayan prescrito los presuntos delitos y se haga entonces un proceso aséptico, o sencillamente se olvide como en los tristes pactos tras el franquismo. Aquellos barros nos legaron este lodazal, y que no nos ahogue es también tarea de quienes están intentando abrir el nuevo futuro.

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